El peruano Alberto Vargas (1896-1982) fue el ilustrador de ‘pin ups’ por excelencia y el artista latino que supo reflejar como nadie la belleza de la mujer americana. Legó algunas de las mejores portadas para publicaciones como Playboy, Harpers´s Bazar, Theatre Magazine o Tattler. Su obra es parte fundamental de la historia de los Estados Unidos y un reflejo de la nostalgia norteamericana por la ‘edad dorada’ del país.
Ilustre Ilustrador
Su nombre figura en el podio de los grandes de la ilustración, junto a artistas de la talla de Frank Frazetta, Norman Rockwell, Alex Raymond y Harold Foster. Todos ellos testigos e intérpretes del comienzo del esplendor de los Estados Unidos, especialmente su época dorada comprendida entre las décadas de los años 40 y 50 del siglo XX.
Alberto Vargas, natural de Arequipa, Perú, dedicó sesenta años de su vida a cimentar parte de esa historia, gracias a las numerosas ilustraciones que realizó para las más prestigiosas publicaciones Playboy, Harpers´s Bazaar, Theatre Magazine o Tattler, se disputaban sus servicios. Vargas celebraba la belleza de la mujer estadounidense, de la que quedó prendado nada más al arribar a Nueva York procedente de Europa.
“De cada edificio salen torrentes de chicas. Nunca he visto nada como esto, cientos de chicas con un aire de determinación, algo así como ‘Aquí estoy yo, ¿Cómo te gusto?’ y ciertamente no se trataba de la mujer española, suiza o francesa”, señalaría a uno de sus allegados. Alberto había quedado sorprendido por la actitud de las féminas norteamericanas y eso era síntoma de que allí pasaría el resto de su vida. La trayectoria de Vargas comprende diversas etapas, parejas a su estilo artístico. Sus primeros bocetos los realizaría en los estudios de su padre, Max, un fotógrafo de prestigio cuyas instantáneas acerca de Cuzco le habían hecho merecedor de la Medalla de oro en el París de 1911. El pequeño Vargas creció pues, en un entorno artístico adecuado, ya que su ayuda en el tratamiento de negativos o los estudios de composición fueron fundamentales para su carrera como pintor.
El joven Alberto deseaba con ímpetu dedicarse a la pintura, pero la disciplina familiar logró que se trasladara a Suiza a concretar su sueño con el estudio. Así, cursaría fotografía con el célebre Julian y en el Sarony Court de Londres. No hay que olvidar que dominaba los idiomas y con especial habilidad, el alemán y el francés.
De naturaleza inquieta y curiosa, sus constantes visitas a los museos y exposiciones pictóricas enriquecieron aún más sus ansias creativas. De alguna manera, Vargas fue un autodidacta que admiraba profundamente el trabajo de Ingres, su pintor favorito, y le influiría más aún que el español Julio Romero de Torres – quien le inspira una serie de retratos-.
De Los “Locos 20” A Hollywood
París fue también una referencia importante en su formación, ya que muchas de las muchachas que dibujara en su primera etapa (años 20 y 30) eran espejos de las mujeres de los ‘follies’. Por ello, en su primera época reside el encanto de la música de cabaret, el ‘art decó’ y ‘art nouveau’, las líneas claras y los rostros angelicales… lo que más tarde se vendría a denominar “los locos años 20”.
Con la Gran Guerra a punto de estallar, con dificultades para trasladarse de Francia a Inglaterra y, siendo testigo del constante goteo de barcos a Estados Unidos, decide embarcarse rumbo al país norteamericano. Llega a Nueva York en 1916, con la determinación de convertirse en un ilustrador profesional. Arthur Paul, director artístico de la revista Playboy aludía más tarde al arte de Vargas como el instante en el que “mirar su trabajo supone darse cuenta de su búsqueda de la perfección en un mundo imperfecto”.
Esta máxima brinda una idea del talento del creador peruano. Las mujeres de cuerpos voluptuosos, caras finas, elegancia sofisticada, inocencia y una feminidada prueba de balas acabarían por cautivar a millones de varones del mundo copando cubiertas. El período de 1920-29 mantuvo al artista ocupado, ya que si no se encargaba de realizar algún retrato para compradores privados, continuaba dibujando desnudos femeninos por afición y con el objeto de mejorar su técnica.
Sus colaboraciones con New York Tribune, la revista de arte Shadowland, las portadas para la revista Motion Picture o los encargos del American Weekly le reportaron dinero suficiente que emplearía en la compra de libros de moda, poesía, filosofía o arte. Paradójicamente, su interés por la belleza le brindaría el amor de su vida encarnado en la modelo Anna Mae Clift, con quien contraería matrimonio en 1930. Y es a partir de ese año cuando Vargas se sumergió en el mundo de Hollywood.
Prueba de ello son piezas como el retrato que le realizaría a la niña precoz Shirley Temple, a Ava Gardner, Marilyn Monroe, Jane Russell o Marlene Dietrich – entre otras-, los diseños para escenarios y decorados de la Warner (para “Juarez”, 1938) y su incursión en Esquire, una revista nacional que se caracterizó por marcar tendencia.
Varga-Girl
No obstante y guiado por un inadecuado impulso, vendería su nombre y estilo a la publicación, algo que casi le arruinó. El concepto de “Varga-Girl” (“Chica Vargas”), que aupó la idea de la ‘pin up’ generando suculentos dividendos e imitadores a mansalva, nació y se quedó en Esquire.
Empero y antes de finalizar su relación con la revista, Alberto había legado un número importante de dibujos de modelos cuya finalidad era animar el espíritu de la tropa en los momentos de la Segunda Guerra Mundial.
Sus chicas de calendario – con motivos que ensalzaban el patriotismo, la gallardía en combate y los usos y costumbres militares- comenzaron a figurar en las taquillas de cuarteles, los fuselajes de aviones y en las secciones de periódicos que pedían el alistamiento voluntario.
Al mismo tiempo, sus dibujos para anuncios imprimían de personalidad su trazo, le servían como campo de experimento y desarrollo de nuevos conceptos amén de suponerle unos ingresos extras para una agenda que se hacía cada vez más grande. Este gigante de la ilustración americana creó un estilo sensual y exquisito. En el prefacio de uno de los libros de la colección Harmony Books, se asegura que “no era realista sino surrealista por la composición y tema que abordaba, aunque no estuviera exento de cierto idealismo”. Es curioso que gracias a ello, influyera tanto a otros dibujantes e ilustradores y pintores como a fotógrafos.
