{sidebar id=44}Daniel Day Lewis es uno de esos actores que debido a que no hace muchas películas, se convierte en una cita obligada cada vez que aparece en la pantalla grande y en esta ocasión aparece de la mano de otro que es bastante esporádico en cuanto al material que sacan a la luz, el director Paul Thomas Anderson, quien encara una de sus más obscuras historias en donde siguen presentes los temas que lo apasionan: el amor, la ambición, la esperanza, pero sobre todo, la corrupción.
Dejando atrás al Valle de San Fernando como el inevitable mundo en que suelen habitar sus personajes, Anderson nos lleva a la California de principios de siglo para ser testigos de cómo Daniel Plainview se transforma de un miserable minero a todo un potentado de la industria petrolera. Sin embargo, como en toda buena cinta de Anderson, distintas voluntades chocan entre sí cuando comienzan a entrar en juego el fanatismo religioso, una escéptica comunidad rural y el nada despreciable precio del petróleo que se encuentra bajo sus pies. Pónganle atención a la música de la cinta que combina sonidos naturales con la orquesta y que junto al score de “Atonement” fueron de los más inventivos del año pasado.
