Mientras que Robert Zemeckis cumple con su amenaza de volvernos a traer otra cinta hecha a base de “motion capture”, en donde algunos de nosotros vamos a volver a sentirnos víctimas de la teoría de “the uncanny valley”, Pixar sigue en lo suyo, y a pesar de que la compañía continúa evolucionando sus técnicas de animación por computadora, sus cintas siguen teniendo ese ingrediente enternecedor que en esta ocasión también echa mano de la técnica 3-D, moda que según mucha gente de la industria logrará poner de nuevo a la audiencia en las butacas de los cines.
Eso está por verse, pero una de las cosas que sí se puede decir de la nueva cinta de Disney (que es una vez más una asociación entre Pixar y Disney), es que sin duda se trata de una película que sigue explorando más la historia en lugar de usar simplemente la animación como un vehículo visual para contar otro tipo de temas menos profundos.Y a pesar de que hay una serie de situaciones que involucran bastante acción, el lado humano de los personajes -a pesar de ser caricaturas- nunca se deja de lado.
Como toda animación, este producto tiene muchos padres, entre los cuales se encuentran las personas que crearon la historia inverosímil de un viejito que decide echarse a volar con todo y su casa hasta la mismísima Sudamérica (en Canaima, junto al Salto Angel, la catarata más alta del mundo), hasta toda la gente que trabaja en los diferentes departamentos de animación y que se han dado a la tarea de crear a un viejito que parece dos cajas de zapatos unidos por el medio y a un ejército de los perros más chistosos que se hayan visto en la pantalla en los últimos años.
La historia nos muestra la vida de Carl Fredricksen, a quien seguimos desde su niñez hasta el momento en el que conoce al amor de su vida y a quien vemos hacer de lado su espíritu aventurero debido a los obstáculos de la cotidianidad, que no se detienen hasta el día en que llega quedarse completamente solo y sin ningún pretexto para no emprender la gran aventura de su vida.
A pesar de que la cinta ha sido calificada como una película para niños, no lo es necesariamente, ya que también hay muchas situaciones que los adultos van a disfrutar entre ellas las mil y una referencias que tienen más que ver con la edad de Fredricksen (¿recuerdan esos pósters de los perros jugando baraja?), que con la del joven Russell, el gordito explorador que “sin querer queriendo” se hace parte de esta aventura y es la perfecta contraparte generacional para el anticuado Fredricksen, quien poco a poco va recuperando el buen humor de sus mejores años.
Puesto en palabras, la idea de que a un viejito se le meta en la cabeza la idea de inflar miles de globos para llevarse su casa por completo para plantarla justo al lado de una gigantesca catarata, no suena muy apetecible y menos aún el hecho de que una vez surcados los cielos y aterrizado en la Amazonía se dé a la tarea de cruzar selvas y planicies sujetando con una manguera a su inverosímil y aerostático hogar. Pero… bueno, hace dos años sonaba ridícula la idea de un robot futurista viviendo una aventura romántica en una película que tenía que ver más con Chaplin y Keaton que con las mencionadas cercanías al “uncanny valley”, del mencionado Zemeckis.
Pixar no se equivoca, y su cinta vale la pena.
