
Hollywood ha aprendido a tirar de fondo de armario, a recrearse en sus viejas glorias y en el cliché de que cualquier tiempo pasado fue mejor, que en su caso, es una verdad como un templo.
Pocas películas se han vuelto a hacer como “Vértigo” de Alfred Hitchcock, que recuperó todo su esplendor el viernes por la noche en un pase abarrotado, con colas de público que daban la vuelta a la esquina frente al Teatro Chino.
Fue un lujo que nadie quiso perderse como parte del tercer festival de cine clásico que organiza la cadena Turner Classic Movies. Dentro esperaba una de las rubias platino que inmortalizó el maestro del suspense con su particular precisión. Kim Novak regresó a Hollywood desde su retiro en Oregon, donde vive junto a su marido y sus cinco caballos, para recuperar la gloria perdida.
Nunca tuvo reconocimiento alguno de la Academia pese a ser un nombre famoso y con tirón de taquilla. Pero se fue con la mochila cargada, con una ovación cerrada del teatro durante tres minutos y sus huellas grabadas en el cemento, un privilegio al alcance de pocos.
“Creo que no fui concebida para tener una vida en Hollywood”, dijo Novak con voz gruesa, bien conservada pese a sus 79 años. “¿Hice lo que debía hacer, marcharme? ¿Salí de Hollywood cuando no debía? Cuando lo pienso es cuando me pongo triste”.
Una decisión dura para una actriz compleja, que padeció una depresión en sus años de juventud y que ahora sufre de un trastorno bipolar. “Pero hay medicina que puede tratar eso”. Un desorden que recuerda a Madeleine, poseída por la figura de Carlota Valdés, el personaje que interpretó en 1958 a las órdenes del implacable Hitchcock.
“Me gustaba trabajar con el porque sabía lo que quería”, recordó Novak sobre el director londinense, fallecido en 1980 en Bel-Air, su residencia californiana. “Sabía cuando te dejaba encargarte del papel, dónde ponerte, lo que vestir, aunque muchas veces no estaba de acuerdo en eso. Y se ponía detrás de las cámaras para no intimidarte demasiado”.
Novak brilló como nunca con una versión restaurada de la obra maestra, entusiasmando a un público mayor y entendido, nostálgico por las estrellas de antaño, que una hora antes pudo disfrutar de la presencia de Kirk Douglas en el pase de “20.000 leguas de viaje submarino” de 1954 y que volvió a formar una larga cola en la calle para ver “Chinatown” de Roman Polanski. Pese a la avalancha de secuelas y franquicias sin firma, el cine clásico aún sobrevive en su meca.
